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Expreso . Un hombre vestido de ardilla y un público que fotografiaba el evento fueron parte del ambiente de la carrera.
Todavía no se había dado la orden de partida, pero aquel hombre vestido
de ardilla salió corriendo con el número 533 de la categoría élite.
Eran las 09:25, y del Malecón Simón Bolívar arrancó solo, levantando
una bandera que agitaba de un lado a otro. “Yasuní es el corazón del
planeta”, decía la frase pintada en tela blanca y escrita en cuatro
tonos, mientras detrás de él quedaban los participantes listos para la
competencia atlética.
Su objetivo no era llegar a la meta. El letrero que portaba en su mano
derecha delataba su única consigna: aprovechar los miles de seguidores
de la carrera EXPRESO para difundir que la flora y la fauna están en
peligro de extinción.
Y mientras él avanzaba entre las miradas de sorpresa del público, llegó
la orden. Salieron los deportistas y del Malecón provinieron los
aplausos de aliento de un grupo eufórico de familiares y de
observadores. Los niños miraban atentos los globos rojos que comenzaban
a ascender, al tiempo que cuatro motos y una camioneta de la Comisión
de Tránsito del Guayas abría el camino a los deportistas.
Joao N’Tyamba y Robert Letting parecían dejar el polvo. En el kilómetro
2, a la altura del MAAC Cine, la exposición que realizaba el Centro de
Atención Municipal Integral (CAMI) perdió por unos minutos la atención
de los asistentes. A un lado dejaron las manualidades para detenerse a
observar el paso apresurado de los atletas, que en ese momento
recibieron su primer abastecimiento de agua.
En la Plaza Vernaza, los aplausos volvieron. Era una forma de
incentivar a los deportistas que iban rumbo al kilómetro 3. A paso
apresurado, el puente se llenó de deportistas que eran esperados a la
bajada por otro nutrido grupo de familiares, amigos y observadores que
con cámaras fotográficas y teléfonos celulares querían captar el
momento.
A la altura del cementerio, cuando pisaban ya el kilómetro 4 de la
carrera, una señora vendedora de flores, vestida con falda rosada y
blusa negra, les lanzó unos pétalos a Joao y Robert, que estaban en ese
momento en los primeros lugares. A lo largo del trayecto y en los
alrededores del cementerio, los vendedores miraban con atención el
paso, dejando atrás por unos minutos su trabajo.
El recorrido no se detenía. Pasaban los deportistas y aparecían cada
vez más personas aplaudiendo, diciendo una y otra vez: vamos, vamos.
Cuando pasaron al pie de la Asociación de Enfermos Incurables, la
llamativa ardilla que había salido antes que todos, fue alcanzada por
la masa de atletas. Con un ritmo más lento, pero siempre agitando la
bandera, seguía corriendo.
Unos aún con fuerzas y otros con la respiración entrecortada, llegaron
al kilómetro 5, que se cumplía justo al pie del Hospital del Niño. Unos
metros más adelante, un señor de la tercera edad con un perro blanco
vestido con una camiseta rosada salió para ver el rápido avance de los
participantes.
Nuevamente era hora de hidratarse. Y el público fue tan nutrido como
variado. Al pasar frente al Asilo Plaza Dañín, llegando casi al
kilómetro 8, una decena de personas de la tercera edad observaba desde
un balcón el evento deportivo.
Una familia salió de su domicilio a observar. “Hemos visto de todo,
hasta señoras y señores mayores que corren muy bien”, decía sorprendida
Filadelfia Mayorga, que estaba acompañada por Eduardo Granizo e Inés
Barba, quien miraba desde su silla de ruedas a quienes pasaban al pie
de su casa.
Los policías tampoco se perdieron el evento. Cuando la competencia
llegó a la altura de su recinto, frente a la Universidad Laica Vicente
Rocafuerte, decenas de uniformados se congregaron para ver los detalles
de la carrera, que era transmitida en vivo por Teleamazonas.
Comenzaron a llegar a paso apresurado los primeros, y lento, los
últimos. Allí estaba la meta: el Estadio Modelo Alberto Spencer.
Atento con su teléfono celular, el profesor Iván Cruz esperaba a Pedro
Cruz, quien participaba en la categoría élite. “Este año no me pude
inscribir porque tenía que entrenar a mis alumnos que también iban a
competir”, comentaba y mostraba en su teléfono las fotos de las dos
primeras mujeres que cruzaron frente a él, en la categoría élite.
Mientras Cruz intentaba identificar entre la multitud a su amigo,
Amelia esperaba un poco más allá a su esposo Danilo Auri. No despegaba
su mirada de los atletas. El inquieto Joao estaba sujeto a ella con un
correa de seguridad. “Ya se me ha perdido dos veces, así que no puedo
correr el riesgo”, comentaba esta madre al ver que su hijo de cabello
rubio ensortijado se movía para todos lados.
En los alrededores del estadio, los negocios de agua, jugos y helados
tuvieron un buen día. Gustavo Arias dijo que los domingos generalmente
“son muertos”, pero este le significó un buen ingreso, pues vendió más
de 200 granizados en menos de una hora. Los aplausos fueron esta vez el
reconocimiento al esfuerzo de quienes llegaron al kilómetro 10, aunque
lo hayan hecho muchos minutos después que los primeros.
El hombre vestido de ardilla que salió antes que los demás
competidores, no llegó entre los primeros. Ni siquiera lo hizo
corriendo. Cansado caminaba lento, pero siempre agitando su bandera.
Fue un día lleno de deporte, pero también de reconocimientos, aplausos
y mensajes de reflexión para los miles de asistentes.

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