Obama, retrato de familia
Enviado por Radio la Luna el miércoles 05 de noviembre 2008 - 13:43 en Estados Unidos


¿Quién es Barack Obama? ¿Cuáles son sus orígenes? Es una pregunta que se hacen los electores, pero también es una pregunta que se ha hecho muchas veces el mismo Obama. Estados Unidos es una nación de inmigrantes que se reinventan a sí mismos y de hijos de inmigrantes que buscan sus raíces. Y la vida de Obama gira en torno esa búsqueda de su identidad. Escribió Dreams from my Father (Sueños de mi padre) con treinta años, después de graduarse en la Escuela de Derecho de Harvard. Es una autobiografía atípica para un candidato presidencial por dos razones: está magistralmente escrita y es de una sinceridad desconcertante, casi suicida.
Ese libro, del que lleva vendidos casi un millón de ejemplares, le podía haber costado su carrera política. Hoy es su mejor arma. La gente anhela autenticidad y transparencia en estos tiempos de impostura, ñoñería y mensajes filtrados por la censura de lo políticamente correcto. “No tengo secretos. Los votantes pueden juzgarme con conocimiento de causa. Y poner en la balanza si los errores que cometí en mi juventud sobrepasan todo el trabajo que he podido hacer después”. Las comparaciones son odiosas. Solo hay que recordar a Bill Clinton negando que hubiese fumado marihuana o mintiendo sobre sus relaciones extramatrimoniales. O al presidente Bush ocultando que se escaqueó de Vietnam o describiendo sus problemas con el alcohol como “pecadillos de juventud”.
Barack Obama nació en 1961 en Honolulu. Hijo de una mujer blanca de Kansas y de un estudiante africano que llegó a la universidad de Hawai con una beca desde Kenia. El matrimonio duró un suspiro. Obama tenía dos años cuando su padre, que ya había tenido mujer e hijos en Kenia, se marchó a Harvard, donde se volvió a casar, y poco después regresó a África. Obama lo idealizó. El padre ausente adquirió una resonancia mítica en su vida.

La herencia de Obama va más allá del blanco y el negro. Cuando tenía seis años su madre rehizo su vida con un estudiante indonesio y la familia emigró a Yakarta. Después de pasar dos años en una escuela musulmana y otros dos en otra católica, Obama fue enviado a Hawai con sus abuelos maternos, un vendedor de muebles y veterano de la II Guerra Mundial, que se alistó un día después de Pearl Harbour, y una empleada de banca, mientras su madre trabajaba en el extranjero.
Obama fue un adolescente difícil. Hacía novillos para jugar al baloncesto en las peores calles de Los Ángeles, o emborracharse, o fumar marihuana y, cuando se lo podía permitir, meterse un tiro de coca. “Al igual que muchos chavales negros, flirteé con el peligro y la autodestrucción. Por fortuna, me crié en una familia con unos valores muy fuertes, típicos del Medio Oeste, y pude salir indemne. Yo me colocaba porque quería ahuyentar las preguntas que me atormentaban. ¿Qué significa ser mestizo? ¿Por qué los blancos me consideraban un negro y los negros me miraban con desconfianza? ¿Cómo podía ser útil en una sociedad que no parecía aceptarme? Jugábamos en el terreno de los blancos, con las reglas de los blancos. Si el decano, el entrenador, el profesor quería escupirte en la cara, podía hacerlo. Tu única opción era la retirada, enclaustrarte en tu propio rencor. Y la ironía final es que si te negabas a aceptar la derrota y te enfrentabas a ellos, tenían un nombre para ti: paranoico, extremista”.
Después de licenciarse por la Universidad de Columbia, consiguió un trabajo en una consultoría de empresas multinacionales para pagar los préstamos de su carrera universitaria. “Me sentía como un espía en territorio enemigo. Alarmado de tener secretaria, un traje y dinero en el banco. Salía de una reunión con banqueros japoneses o alemanes y me miraba en el espejo del ascensor, con mi corbata y mi maletín, y por una décima de segundo me imaginaba como un capitán de la industria, ladrando órdenes, cerrando un trato, antes de recordar quién era y quién quería ser, y de sentir remordimientos de conciencia por mi falta de valor”.

Luego fue a Harvard, donde se convirtió en el primer afroamericano que dirigió la revista de leyes, una publicación académica con influencia mundial. Pasó un verano de becario en un prestigioso bufete donde conoció a Michelle Robinson, su inmediata superiora. La conquistó con perseverancia. En su primera cita fueron a ver Haz lo que debas, del cineasta negro Spike Lee. Se casaron en 1992. Tienen dos hijas, Malia Ann, de nueve años, y Sasha, de seis. Pudieron hacer una fortuna juntos trabajando como abogados de grandes empresas, pero prefirieron instalarse en un barrio humilde de Chicago y colaborar durante años con las parroquias para defender los derechos básicos del vecindario a una vivienda en condiciones o a un empleo digno.
Michelle (44 años), en cierto modo sigue siendo su jefa. Le obliga a tener los pies en el suelo. Obama cuenta que la llamó un día, siendo ya senador por Illinois, para anunciarle, orgulloso, que estaba a punto de conseguir que se aprobase una ley contra el tráfico de armas. Ella le informó escuetamente de que tenían hormigas en casa y que no se olvidase de comprar insecticida. Michelle le riñe si no saca la basura o si deja la ropa por el suelo. Y le otorga el plus de negritud que le falta a la descafeinada piel de Obama a ojos de algunos sectores de la comunidad afroamericana. También es alguien que se ha hecho a sí misma, desde el durísimo South East de Chicago hasta la elitista Universidad de Princeton. “Mis compañeros blancos siempre me consideraban primero una negra y luego una estudiante”. Ganaba bastante más que su esposo como vicepresidenta de asuntos comunitarios de los hospitales de Chicago, unos 375.000 dólares al año, hasta que Obama vio multiplicados ingresos (30.000 dólares como profesor universitario, otros 60.000 como senador) gracias a los derechos de autor de sus libros. En 2006 el matrimonio hizo pública su declaración de la renta: 900.000 dólares. No tenían obligación, pero se empeñan en ser transparentes.
Además de trabajar y cuidar de las niñas, Michelle advierte a los votantes de que su marido “no es perfecto”. Pero él ya sabe de sus imperfecciones. Y no presume de ellas, pero tampoco las oculta. Se confiesa ambicioso, se fustiga a sí mismo porque le encanta viajar en jet privado para ahorrarse las esperas de las líneas comerciales, dice que le cuesta levantarse de la cama por las mañanas y que ha habido “tensiones” en su matrimonio por su culpa. Pero lo más llamativo es la desmitificación de la figura paterna. Algo que vivió de manera traumática cuando su hermanastra le visitó en Chicago y le contó la verdad.

Su progenitor trabajó para una compañía petrolífera norteamericana en Kenia y luego para el ministerio de Turismo, hasta que cayó en desgracia y perdió sus contactos en el gobierno. Se convirtió en un alcohólico que pegaba a su esposa. Y en un gorrón que pedía prestado a sus familiares. Para Obama, es una desilusión mayúscula. “Toda mi vida tuve una imagen perfecta de mi padre. El estudiante brillante, el amigo generoso. Esa imagen se hizo añicos, reemplezada por la de un bebedor amargado y un marido maltratador. Un fracasado. Pensar que toda mi vida he lidiado en mi corazón con un fantasma… Me recompuse y pensé: bueno, haga lo que haga con mi vida, no puedo hacerlo mucho peor que él”.
Un viaje iniciático a Kenia sirve para restañar heridas. Obama descubre que su familia africana es amplísima y acogedora, pero muy pobre. Su padre cuidó cabras antes de conseguir a pulso en una escuela con techo de hojalata la beca en Estados Unidos. Su abuelo fue cocinero de los colonos británicos y un tirano con sus esposas e hijos. “Mi nombre, Barack, es africano y significa bendecido. Me llamaron así en la creencia de que en América no importa cómo te llames o de qué familia vengas, tú te forjas tu destino”.
A pesar de su juventud, la carrera política de Obama es deslumbrante. Empezó muy abajo. “Uno trabaja en la oscuridad, casi siempre en temas que significan mucho para los afectados, pero que el hombre de la calle puede ignorar: leyes sobre las familias que viven en caravanas, impuestos agrícolas… Sin embargo, el trabajo era muy satisfactorio porque su pequeña escala te permitía conseguir resultados concretos: mayor cobertura sanitaria para los niños pobres o una reforma de las leyes que mandan a gente inocente al corredor de la muerte”.
Mochilero en España
“Yo esperaba el autobús nocturno en un bar de carretera entre Madrid y Barcelona. Unos pocos hombres bebían vino en vasos pequeños y sucios. Había una mesa de billar y por alguna razón me puse a jugar… Un hombre vestido con un fino jersei de lana apareció de ninguna parte y me invitó a un café. No hablaba inglés. Y su español no era mejor que el mío, pero tenía una sonrisa que daba confianza y la urgencia de alguien que necesita compañía. En aquel bar me contó que era de Senegal y que recorría España en busca de trabajos estacionales. Me enseñó una fotografía gastada que llevaba en su cartera: una chica joven de mejillas redondas. Su mujer, me dijo. Tuvo que dejarla en Senegal para venir a España. Planeaba reunirse con ella en cuanto ahorrase el dinero.

Al final viajamos juntos a Barcelona. Ninguno de los dos hablaba mucho. Él intentaba explicarme los chistes de un programa que proyectaban en una pantalla de vídeo encima del asiento del conductor. Poco antes del amanecer nos apeamos en una vetusta estación de autobuses y mi amigo me hizo señas para que le siguiera hasta una palmera pequeña, de tronco grueso, que crecía junto a la carretera. De su mochila sacó un cepillo de dientes, un peine y una botella de agua que me entregó con gran ceremonia. Nos aseamos juntos, entumecidos por el relente, antes de ponernos los macutos al hombro y caminar hacia el centro de la ciudad.
¿Cómo se llamaba? No lo recuerdo. Solo era otro hombre hambriento lejos de su hogar, uno de los muchos hijos de las colonias colándose entre las barricadas de sus antiguos amos, organizando su propia y azarosa invasión de harapos. Y sin embargo, mientras caminábamos hacia las Ramblas, mi impresión era que lo conocía de toda la vida; como si ambos hiciésemos el mismo viaje, aunque hubiésemos partido de lugares opuestos del planeta. Nos despedimos. Yo estuve mucho tiempo parado en la calle, viendo cómo se alejaba su figura delgada y patizamba. Una parte de mí deseaba acompañarle en una vida de caminos abiertos y mañanas azules; otra parte de mí se percataba de que ese deseo era una idea romántica y parcial. Hasta que me di cuenta de que aquel hombre de Senegal me había invitado a un café y ofrecido su agua, y eso era real, y quizá eso era todo lo que cualquiera de nosotros tenía derecho a esperar: un encuentro al azar, una historia compartida, un pequeño acto de bondad”.
Barack Obama, Dreams from my father, Crown Publishers.
El sueño profético de su abuela Sara
“He soñado que Obama estaba rodeado de soldados de uniforme. Es una señal de que será presidente”, profetiza Sara Onyango, la abuela africana del candidato a la Casa Blanca. La mujer, de 84 años, vive en una aldea de Kenia de 300 habitantes. En agosto pasado su nieto fue a visitarla. Gracias a su ayuda han construido una escuela en el pueblo. El viaje a África forma parte de su campaña global, lanzada desde el sitio de internet Voluntarios, la mayoria muy jóvenes, que responden a todos los correos electrónicos y se sirven de herramientas como youtube o flickr para colgar vídeos y fotos. Bueno, bonito y baratísimo en comparación con otros candidatos.
¿Cómo reaccionará un equipo de novatos cuando la campaña se envenene? Uno de los ases en la manga de Hillary Clinton será mostrar a la abuela de Obama, que no habla inglés y vive rodeada de gallinas, como alguien demasiado como para estar emparentado con el presidente. Pero es un arma de doble filo. Las raíces de Obama, el ascenso social de un joven humilde, por méritos propios, hasta el Senado y quizá hasta la Casa Blanca, encarnan la esencia del sueño americano.
¿Qué es más revolucionario? ¿Que Hillary sea la primera presidenta de EEUU o que Obama sea el primer negro en el Despacho Oval? Los Clinton ya han llevado el debate al terreno racial. La ex primera dama dijo que hizo falta un presidente blanco, Lyndon B. Johnson, para cumplir el sueño de Martin Luther King. Y su marido se refirió a la postura de Obama en contra de la guerra de Irak como “un cuento de hadas”. Hasta la fecha, Obama ha hablado bien de su rival. “La admiro. Es inteligente y disciplinada, no se arruga, y lucha para que el país mejore en temas como la atención a los niños o el sistema sanitario”. Quizá porque no descarta ir como vicepresidente de Hillary en el boleto demócrata si pierde fuelle en la extenuante carrera electoral.
















YA SE DONDE ESTA EL MINISTRO